Emilio
Diseñofilia

Libros-Escritura-Lectura

Hoy, antes de saber leer, los niños ven la televisión. Este hecho no deja de ser problemático, pues lo cierto es que la cultura sigue estando ligada a los libros o al menos a los textos que aparecen en la pantalla (de la computadora), esto es, a la escritura. ¿Por qué es así? ¿Por qué no pueden las imágenes transmitir cultura? ¿Por qué no es posible empezar a formarse viendo la televisión? ¿Qué tiene de especial la escritura?

La televisión ofrece la comunicación oral tal y como se da en situaciones más o menos reales (o simuladas); pero, en ella, el sentido de lo comunicado permanece indisolublemente ligado al medio de la comunicación: gestos, voces, lenguaje corporal, etcétera. El sentido del mensaje está tan unido a su forma de presentación que, aunque el sentido resulta inmediatamente evidente, no es posible resumirlo sin referirse a su contexto.

Este fenómeno se pone de manifiesto cada vez que personas simples o niños quieren relatar situaciones especialmente divertidas que acaban de vivir, y para revivirlas se sirven de un par de frases: («Y él ha dicho: "¡Eh, tú!", y entonces ella ha dicho: "¡Oye!" ¡Y todos nos hemos reído!»); pero los que escuchan estas frases y no pueden recordar la situación, porque no la han vivido, se miran desconcertados, pues no entienden dónde está la gracia.

Sólo la escritura desliga el lenguaje de la situación concreta y lo vuelve independiente de su contexto inmediato. Llamamos sentido a aquello que permanece idéntico durante este proceso: por eso, la transformación del lenguaje hablado en escritura es lo único que nos permite captar el sentido. Este es el motivo de que las religiones más evolucionadas (judaísmo, cristianismo, islam) identificaran sentido y escritura (Sagradas Escrituras).

En la comunicación oral, en cambio, lo verdaderamente importante no es la objetividad de lo comunicado, sino su vertiente emocional y sus múltiples connotaciones. Los textos escritos han de estructurarse en torno a unos temas; la comunicación oral, por el contrario, se alimenta de la corriente energética que produce su propia dramaturgia, y el sentido surge y desaparece con ella. Sólo la escritura fija el lenguaje y lo somete al control de un sistema de reglas gramaticales. La diferencia de ritmo existente entre el lenguaje hablado y la escritura permite estructurar el sentido: la ordenación lineal de sujeto-verbo-complemento directo («El hombre muerde al perro»), y de todos los complementos que podemos añadir a la oración, permite reproducir el orden lógico del pensamiento en la secuencia (sucesión) de los elementos de la oración, y de este modo someterlo a control. Esto ha de practicarse, pues requiere la capacidad de transformar la estimulación simultánea de las distintas imágenes en una sucesión ordenada. Además, ante una oración compleja, hay que saber espera a que aparezca el predicado:

« Tu tío, quien, como ya sabes, tiene una vista de lince, ayer a la cinco de la mañana, cuando pasaba por la plaza en el tranvía...»

¿Qué?, preguntarás. «Espera», dice la escritura y prosigue:

«... en el tranvía, que iba abarrotado, lo que a esa hora no es nada extraño, aunque esto sólo ocurre en días laborales...».

Estás a punto de perder los nervios y gritas: «¿Qué? Dímelo. ¿Qué hizo mi tío? ¡Dímelo de una vez, te lo suplico!»

«... se encontró diez céntimos».

Hasta que se nos dé esta información, hemos de ser capaces de ir reteniendo cada uno de los elementos que vayan incorporándose a la oración, y sólo cuando haya concluidos podremos captar su sentido teniendo en cuenta todas las palabras anteriores. Esto provoca una tensión que hemos de aprender a soportar. Así nos lo enseñan muchos chistes cuya gracia no descubrimos hasta el final, transformando por completo el sentido que hemos ido construyendo hasta ese momento.

A quien no tenga suficiente práctica, esta tensión le resultará especialmente desagradable y tendrá la impresión de que la estimulación del cerebro se paraliza. A medida que la televisión ha ido ganando terreno, los maestros se quejan siempre de lo mismo: en los niños, el nivel de tolerancia ante la frustración (la capacidad para soportar la frustración) ha ido disminuyendo, hasta el punto de que ya no son capaces de soportar la demora que comportan los procesos de formación de sentido. De ahí que no puedan concebir la clase como un proceso de aprendizaje, sino como un entretenimiento.

Víctimas de la ofuscación colectiva, los sucesivos ministros de educación han reducido progresivamente el valor de la expresión escrita en la escuela y en la evaluación de los alumnos, primando la expresión oral. En una época en la que la comunicación oral gana cada vez más terreno, descuidan el carácter modélico de la comunicación escrita. De este modo han ido reduciendo lo que constituye la función más específica de la escuela frente a la familia. Solamente siguen adquiriendo el hábito de la lectura y la escritura aquellos niños de las capas cultas de la burguesía. En estos hogares, los padres vigilan y limitan el consumo de televisión de sus hjios intentando que sean fundamentalmente los libros los que satisfagan su necesidad de fantasía. Los niños sólo deberían ver la tele cuando la lectura haya dejado de ser para ellos una actividad penosa y se haya convertido en un placer; de lo contrario, la lectura les resultará una actividad fastidiosa durante toda su vida. Quien crezca en estas circunstancias, después sólo leerá lo que se le ordene leer, y de mala gana.

De este modo, la política educativa está produciendo dos clases de personas: por una parte, están las personas habituadas a la lectura, que absorben constantemente informaciones nuevas y están acostumbradas a estructurar mejor sus ideas tomando como modelo la escritura, lo que les permite tener una visión clara de la construcción de la oración, de la lógica del pensamiento que en ella se expresa y de las partes que la componen. Al mismo tiempo, adquieren la capacidad de construir distintos tipos de textos (informes, exposiciones, análisis, relatos y etcétera). Todo ello les proporciona una mayor facilidad para la escritura, al tiempo que les permite estructurar su expresión oral tomando como modelo textos escritos.

Por otra parte, están quienes leen únicamente cuando se ven obligados a hacerlo; de lo contrrio, se ponen a ver la televisión. Pero las imágenes televisivas son sincrónicas con la necesidad de estimulación del cerebro, y a quien se acostumbra al televiión le resulta muy difícil luego desligar la percepción interna de la externa, es decir: no logra concentrarse. Cualquier texto que sobrepase el nivel expresivo de los cómics y de su característico «wham» y «boing», es para él un auténtico embrollo. Los invividuos que pertenecen al grupo de los no lectores ven en los libros arduas tareas. Como no logran comprender a quienes aman la lectura, acaban por desconfiar de ellos. Conciben al mundo de los libros como una conspiración cuyo único objetivo parece consistir en crearles a ellos remordimientos de conciencia. De este modo desarrollan una autentica aversión a los libros y, como también los libros técnicos lo leen con desgana, en su trabajo se ven relegados a segundo plano, lo que les lleva a incubar un odio hacia los molestos sabelotodo y a glorificar la práctica. Al ignorar también que su déficit de lectura y su hostilidad hacia los textos ha acabado afectando al estilo de su expresión oral, no se explican por qué obtienen tan poco reconocimiento de los demás, y tienden a interpretar como un atentado contra su autoestima el hecho de que una persona intente desarrollar y expresar adecuadamente un pensamiento complejo. Como resultado, tienden a evitar cualquier contacto con el mundo de los lectores y se van hundiendo lentamente en el reino de las sombras de un nuevo analfabetismo.

Apuntes del libro: La Cultura (todo lo que hay que saber) de Dietrich Schwanitz

Emilio