Emilio
Diseñofilia

Discos de la Isla Desierta

Sus solicitudes exigieron realmente al máximo los recursos, casi omnímodos, del archivo sonoro. Pero eso es parte del juego.

Primer registro

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Primero pidió escuchar el eructo de Fortinbrás. El del final de la interminable juerga. Era inútil negarlo: a pesar del laborioso fregado, del cambio de esteras de junco en el suelo del recinto, de las sales aromáticas empleadas en las largas mesas y en los leños de la chimenea, los olores de la muerte persistían.

Flotaban, dulzones y rancios, en los rincones y junto a la escalera de la torre. Había habido demasiados cadáveres. ¿Fueron seis? ¿Fueron siete? A Fortinbrás, el rey, le resultaba difícil recordarlo. Entre ellos la carroña de una mujer, hinchada y del color de la cera, con un aroma a almendras quemadas en los labios convulsos. El resto de la gente, primos y cortesanos regios, habían estado bastante agradables. Sombreros alzados, rodillas dobladas ante el nuevo monarca. Un sentimiento general de alivio. Y ahora las cámaras del rey estaban siendo aireadas a fondo, los tapices de Arrás bajados y reemplazados por colgaduras más alegres. Sin embargo, el festejo no había sido impecable. Hubo lo de la delgada criatura levemente histérica en el balcón, perturbando la fanfarria militar, sencillos mozos noruegos, no esos daneses laudistas y ejecutantes de complicadas tuberías, la mayoría de los cuales, por otra parte, había puesto pies en polvorosa a los primeros cañonazos. Revoloteando entre ellos en su pálida túnica casi transparente. Una hermana menor, o así le habían contado al rey, de una tal Ofelia, ahogada.

Y estaba el buen Horacio, solemne como un caballo ciego. Asegurando al nuevo soberano su reflexiva fidelidad, su inminente retiro, diciéndole que los grandiosos y tristes sucesos de los que él, Horacio, había sido humilde testigo, debían quedar inscritos de forma memorable. Horacio a Fortinbrás en tono dulce y calmo; el rey teniendo que aguzar el oído ensordecido por la batalla para captar el desolado balbuceo incesante del hombre.

Los vinos habían sido copiosos, así como el arenque. El amanecer no podía estar lejos. Hasta a través de los gruesos muros y las murallas almenadas podía Fortinbrás, hijo de Noruega, percibir el cambiante roce del mar cuando se aproxima la aurora. Estaba cansado hasta los huesos. Casi sentía envidia del príncipe muerto, que siembre le había parecido un maestro del sueño y de los secretos que el sueño engendra. Fortinbrás eructó. Fue un eructo sonoro, cavernoso. Desde lo más profundo de su carne amodorrada bajo la armadura. Fue un sonido que los cortesanos no habrían de olvidar. Tonante y colmado de la promesa de un mañana más simple.

Segundo registro

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El segundo registro que pidió fue el del relincho del caballito, del rucio moteado con la oreja derecha mocha, después de haber recorrido a medio galope las colinas circundantes. La jornada había sido calurosa y el polvo sofocante. Los ácaros y las moscas azuladas martillaron como locos aquel largo día. Habían dejado atrás las altas puertas y el empedrado de la ciudad bastante antes del amanecer. Pero incluso a aquella hora el aire había estado quieto y el calor acechando bajo las patas. Y había habido un extraño desasosiego en el patio. La vieja de los ojos claros y el pesado broche había sentido en sus húmedos ollares: sudor nocturno y semen derramado. No es que el presente viaje tuviera riesgo o dificultad alguna. Lo habían hecho con frecuencia. Pasando por el manantial, con su ruidoso cubo, a través de los montes de olivos y entrando en la calcinante llanura. Después más adelante, hacia donde los claros en las colinas quemadas fulguraban con el resplandor del golfo.

El viejo amo era ligero en su carro y el conductor apenas más que un rudo y altivo adolescente. El caballo lo había oído en el establo jactándose de su virilidad, de su habilidad con el látigo, de las hojas que mascaba y de los calientes sueños que le procuraban. Pero el viaje debía haber sido rutina, y el caballo de tiro, aunque desdeñoso (había estado con el oráculo antes de que el rucio fuera parido), era bastante amistoso. Todo sucedió a tal velocidad. Los caballos habían andado semidormidos, con los ojos cerrados contra las malditas moscas. Sofocados por el calor y la leve pendiente que conduce al lugar donde se unen los tres caminos, los dos esclavos trotaban a la mezquina sobra del carro. El viejo canturreaba para sí, como hacía a menudo, una nana a un recién nacido, aunque interrumpiéndose siempre, como por un diente mellado. A continuación el rudo tirón de las riendas, forzando a los caballos casi a sentarse sobre las ancas. El trallazo del látigo y las estridentes obscenidades del auriga. La inaudible llamada del viejo, golpeando al aire con los brazos huesudos. Y atravesándolo todo, una voz que el rucio jamás se quitaría de los oídos. Una voz curiosamente semejante a la de su viejo amo, pero completamente distinta: inculta pero resonante, como la de un clarín de bronce. Una llamada tan colmada de ira que te arrancaba la piel del lomo, pero sapiente, con una sapiencia que era como un cuchillo. Uno de los golpes de molino de la nudosa vara del viajero rozó el pescueso del caballito. No fue un golpe directo -él había oído quebrarse el cráneo del viejo y el mortal estertor del conductor-, aunque sí de una despectiva violencia. Las correas del tiro se habían partido de golpe como juncos secos y el rucio había salido corriendo hacia las colinas. El afilado pedregal le había irritado los cascos y ahora, ya en el crepúsculo, las sombras se enfriaban con rapidez.

Mirando hacia atrás, el caballito había divisado una figura que corría desesperadamente hacia Tebas. ¿Era uno de los esclavos, o era el viajero? No lo sabía. Y se puso a relinchar, inseguro de su forraje.

Tercer registro

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El tercer registro pedido fue el de un rasguido o más exactamente, el sibilante giro (en Si menor) de la pluma de acero de Rudolf Julius Emmanuel Clausius en el instante en que dicha pluma escribió la n en la exponencial n menos x a la n-ésima potencia en la ecuación de la entropía. Würzburg no es, ni aun en sus mejores momentos, una ciudad llena de vida. Aquella noche de principios de primavera de 1863, una copiosa lluvia bañaba las sucias ventanas. Con los párpados pesados, Herr Clausius pestañeó y se inclinó más sobre su mesa de trabajo. Un tul grisáceo parecía colgar alrededor de la lámpara de gas, y cuando una ráfaga se colaba por entre las cortinas, el globo de porcelana de la lámpara se estremecía morosamente. Clausius observó con fastidio que aquellas mismas ráfagas le hacían vibrar la dentadura. Sin darse cuenta, se tocó el molar dolorido con la pluma. Junto a su codo, descoloridos por la humedad, yacían las separatas de los artículos de Sir William Thomson sobre termodinámica y la mémoire de Sadi Carnot sobre la máquina neumática. Las dos ecuaciones de Carnot para la caldera cuando el pistón estaba en la posición a y cuando estaba en la posición a', zumbaban, por así decir, en el umbral de la consciencia del exhausto Clausius. Sus quebradizos élitros se entrelazaban como los de un par de ortópteros.

Emilio