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Emilio
Ideas y artefactos

Cena en Delmonico's con Nikola Tesla

Era una noche de verano calurosa en Nueva York en 1894 y el periodista había decidido que ya era hora de encontrarse con el Mago. El reportero, Arthur Brisbane, fue un prometedor periodista del New York World de Jospeh Pulitzar. Había cubierto el misterio de Jack el Destripador en Londres, la huelga de Homestead en Pittsburgh y la primera ejecución por electrocución en Sing Sing. Brisbane tenía buen ojo para el detalle y podía contar una historia manteniendo intrigados a cientos de miles de lectores. Después trabajaría como editor para William Randolph Hearts en el New York Journal, ayudaría a empezar la guerra de Cuba y definiría tabloide en el periodismo.

Fotografía de Arthur Brisbane circa 1904, tomada del blog Yesterday's Papers

Brisbane se especializó en escribir artículos para la edición dominical de World, y retrató a primeros ministros y papas, a campeones de boxeo y a actrices. La gente le pedía una historia sobre un inventor, Nikola Tesla. Su nombre estaba en boca de todo el mundo:

"... todos los científicos conocen su trabajo y cualquier tonto de la sociedad neoyorquina conoce su cara".

No solo se usarían sus invenciones para genera electricidad en la nueva planta que se estaba construyendo en las cataratas del Niágara, sino que Tesla se había aplicado una descarga de 250,000 voltios así mismo para demostrar la seguridad de la corriente alterna (CA). Durante su demostración, Tesla se convirtió en "la más radiante criatura, con lenguas de luz en cada poro de su piel, desde la punta de sus dedos hasta el final de cada uno de los pelos de su cabeza".

Una docena de fuentes fiables habían dicho a Brisbane que "no hay menor duda de que es un gran hombre". "Nuestro más destacado ingeniero eléctrico", decía la gente, "Más grande que Edision". Brisbane tenía curiosidad. ¿Quién era ese hombre? ¿Qué le motivaba? ¿Podría convertirse Tesla en una buena historia para miles de lectores?

El periodista había oído que el Mago cenaba con frecuencia en el Delmonico's el restaurante más de moda de Manhattan, en Madison Square. El chefe de Delmonico's había inventado platos que llevaban su firma, como langosta Newberg, pollo á la King y Alaska al horno. Pero más que por la comida que ofrecía, Delmonico's destacaba por ser el centro de una reunión de la sociedad neoyorquina, el lugar para ver y ser visto. Allí era donde la vieja aristocracia, los cuatrocientos de Ward McAllister 1, cenaba junto a los nuevos ricos de Wall Street y la prometedora clase media. Era donde tenían lugar bailes y cotillones, partidas de póquer y despedidas de soltero, almuerzos de señoras y cenas a la salida del teatro. Sin Delmonico's, como dijo el New York Herald, "toda la maquinaria social de entretenimiento se quedaría palarizada". Evidentemente, pensó Brisbane, el Mago tenía tanta ambición como estilo. ¿Qué le motivaba?

Brisbane encontró a Tesla en Delmonico's avanzada esa noche de verano, hablando con Charles Delmonico, cuyos tíos abuelos suizos habían fundado el restaurante en 1831. Al haber vivido previamente en Praga, Budapest y Paris, a Tesla le resultaba fácil hablar con el cosmopolita Charley Delmonico. Lo más probable es que Tesla hubises tenido un largo día de trabajo en su laboratorio del centro de la ciudad y hubiese hecho una pausa para cenar antes de volver a su hotel, el Gerlach, justo a la vuelta de la esquina.

Fotografía del restaurante Delmonico's en la actualidad, foto tomada de wikipedia

El Periodista asimiló cuidadosamente la apariencia física del Mago:

Nikola Tesla es casi el más alto, casi el más delgado y seguro el más serio de los hombres que suelen ir a Delmonico's. Tiene los ojos situados muy atrás en su cabeza. Son bastante claros. Le pregunto cómo podía tener unos ojos tan claros y ser eslavo. Me dijo que sus ojos habían sido mucho más oscuros, pero que usar tanto su cerebro los había hecho de un color mucho más claro... Es muy delgado, mide más de seis pies de alto y pesa menos de ciento cuarenta libras. Tiene las manos muy grandes. Muchos hombres con talento las tienen así. Lincoln, por ejemplo. Sus pulgares son nablemente grandes, incluso para unas manos de ese tamaño. Son extraordinariamente grandes. Esto es una buena señal. El pulgar es la parte intelectual de la mano... Nikola Tesla tiene una cabeza que se despliega en la cima como un abanico. Su cabeza tiene la forma de una cucharilla. Su barbilla es tan puntiaguda como un picahielos. Su boca es demasiado pequeña. Su barbilla, aunque no es débil, no es suficientemente fuerte.

Mientras estudiaba la apariencia externa de Tesla, Brisbane empezó a evaluar su perfil psicológico:

Su cara no puede ser estudiada y juzgada como las caras de otros hombres, porque no trabaja en campos prácticos. Vive su vida en lo más alto de su cabeza, donde las ideas nacen, y ahí arriba tiene sitio de sobra. Su pelo es negro azabache y rizado. Se encorva; la mayoría de los hombres lo hacen cuando no hay sangre de vanidoso corriendo por sus venas. Vive dentro de sí mismo. Tiene un profundo interés en su propio trabajo. Posee ese amor propio y esa autoconfianza que normalmente van ligados al éxito. Y difiere de la mayoría de los hombres de los que se ha escrito y hablado en el hecho de que él tiene algo que decir.

Como otros periodistas, Brisbane recogió los datos habituales sobre sus antecedentes: que Tesla había nacido en 1856 en una familia de serbia en Smiljan, un pequeño pueblo de montaña en la frontera militar del imperio astrohúngaro (en la actual Croacia), que había empezado a inventar cosas desde niño y que había estudiado ingeniería en una escuela en Graz (Austria). Ansioso por progresar, Tesla había emigrado a América y llegado a Nueva York, sin un céntimo, en 1884.

Fue el meteórico ascenso de Tesla desde 1884 lo que dio lugar a una gran portada en el periódico. Después de trabajar brevemente para Edison, Tesla se aventuró solo, montó un laboratorio e inventó un nuevo motor de corriente alterna que usaba un campo magnético rotatorio. Aunque Tesla trató de explicar a Brisbane el principio tras el camo magnético rotatorio, el periodista había concluido que era "algo que podría describirse pero no entenderse". En su lugar, Brisbane resaltó cómo los emprendedores tras el monumental proyecto hidroeléctrico en el Niagara había rechazado el sistema de corriente continua (CC) de Edison y en su lugar escogieron las ideas de Tesla para generar y transmitir energía eléctrica empleando un sistema polifásico de corriente alterna. El trabajo de Tesla en ingeniería eléctrica era ampliamente respetado, pero Brisbane bien podría haber añadido que Tesla había dado conferencias ante distinguidas organizaciones científicas y ser premiado con títulos honorarios de Columbia y Yale. En apenas diez años, el inventor sentado frente a Brisbane había pasado de estar sin un céntimo y ser un desconocido a convertirse en el inventor más destacado de América. Se trataba de una de las historias de mendigo a millonario más fabulosas.

Brisbane preguntó a Tesla acerca de sus planes de futuro, ya que el Mago tenía solo treinta y ocho años. Ah, "la electricidad del futuro" era un tema del que a Tesla le encanta hablar:

Cuando Tesla habla sobre los problemas eléctricos en los que está trabajando, se vuelve la persona más fascinante. Ni una sola palabra de lo que dice se puede entender. Divide el tiempo en billonésimas de segundo, y proporciona energía suficiente de la nada para hacer todo el trabajo en Estados Unidos. Cree que la electricidad solucionará el problema del trabajo... Con certeza, según las teorías de Tesla, el trabajo duro del futuro será pulsar botones eléctricos. Dentro de unos pocos siglos, los criminales serían sentenciados a pulsar quince botones eléctricos al día. Sus compañeros, que desde hace mucho abandonaron el trabajo, contemplarán sus esfuerzos con pena y horror.

Apuntes tomados del libro: TESLA inventor de la era eléctrica de W. Bernard Carlson, Editorial CRÍTICA.


  1. McAllister acuñó la expresión "los cuatrocientos". Según él, este era el número de gente en Nueva York que realmente importaba, la gente que se sentía cómoda en una isla de biale de la alta sociedad. "Si excedieras ese número -advertía-, invitarías a gente que no estaría cómoda en el salón de biale o que haría que otra gente no lo estuviera." (Nota de la traductora).