Emilio
Ideas, artefactos y cosas para construir

Los zapatos de Einstein

Estimado Eduard te escribo la presente desde la cubierta del barco Esperanza, ha sido un día bastante agitado que me ha permitido olvidarme un poco de los ataques que el grupo "Cien científicos contra Einstein" han estado realizando contra mis ideas. El verdadero problema no son mis ideas sino la procedencia de estas, es decir, de un judío alemán como lo es tu padre. Como siempre lo he dicho: si mis teorías estuvieran en un error con un científico bastaría para demostrar lo contrario. Pero no te escribo por esto sino para contarte cómo me fue en este día que partimos para que reciba ese prestigioso premio.

Hoy temprano pasó por nosotros mi amigo Friedich ya que nos haría favor de llevarnos al puerto con su bello auto descapotado y que tanto me gusta. Afortunadamente Elsa desde el día de ayer envío nuestras maletas para que las colocaran en nuestro camarote, así que el viaje en automóvil prometía ser de lo más placentero.

Friedich nos tocó el claxón para anunciar su llegada, Elsa tomó su bolso de mano y guantes y yo tan sólo mi abrigo, le pedí a Elsa que fuera la copiloto de Friedich y que me dejará ir en el asiento de atrás.

Al abandonar la ciudad tomamos la carretera que atraviesa el bosque, es un hermoso recorrido lleno de gigantes árboles que ofrecen una agradable sombra, así que me acomodé lo más confortable que pude en el asiento, cerré los ojos mientras escuchaba la conversación de Elsa y Friedich, mientras los rayos de sol que se filtraban entre los árboles caían sobre mi rostro y el viento fresco del bosque me arrullaban.

Casi a punto de quedarme dormido sentí que el auto se detenía, al parecer el neumático se había ponchado, Friedich sin pensarlo dos veces comenzó a sacar las herramientas para reemplazar el neumático, Elsa comenzó a preocuparse, le dije que el tiempo es relativo y estar preocupados por la hora de partida del barco sólo nos haría pensar que las manecillas del reloj van volando. Creo no me tomó en serio pues comenzó a ver la hora, yo en cambio comencé a caminar hacia esos majestusos árboles y cuando me percaté ya estaba adentrándome al bosque.

Cerca de las raíces de un viejo árbol vi volando varios hermosos ejemplares de lepidópteros que llamaron inmediatamente mi atención ya que en sus alas se desplegaban una serie de círculos amplios que se extendían hasta la orilla pero conforme avanzaba la serie hacía el centro de la mariposa terminaba en una mancha, haciendo del cuerpo de este lepidóptero algo muy parecido a la piel de tigre de la india o comúnmente conocido como tigre de Bengala, comencé a seguir a esta mariposa con desesperación y tropiezo porque a decir verdad quería tener la oportunidad de atraparla para mi colección particular, sé que no te agrada mucho la idea de quitar la vida a tan bello especímen pero me es imposible controlar mi fascinación que tengo por coleccionar lepidópteros.

La susodicha mariposa no hacía más que revolotear de aquí para allá, hasta que por fin se detuvo en una rama, calculé la altura y mis fuerzas, me animé a trepar al árbol, dejé a un lado el saco me arremangué y con sigilo subí hasta la rama, me acerqué lentamente lo más cerca que pude, comencé a analizarla más de cerca y en ese ensimismamiento al estudio que tanto han ridiculizado la prensa con fotos y dibujos, caí en cuenta que el especímen no era otra que una Parthenos sylvia una verdadera rareza en estas latitudes y algo que verdaderamente no tenía que dejar pasar para mi colección. Desafortunadamente había dejado en el suelo mi saco que bien me serviría de muselina, pensé en bajar, pero presentía que la Parthenos no me concedería la gracia de esperarme, así que a mano desnuda y con un rápido movimiento traté de alcanzarla pero el equilibrio y las leyes gravitacionales del gran genio Isaac Newton no me ayudaron en absolutamente nada. Fuí a dar directamente dos metros abajo de la rama sobre un charco de agua mezclado con tierra negra.

Al principio no podía ver ni mi nariz y lo único que alcanzaba a hacer era escupir esa mezcla de lodo lo mejor que podía, cuando me repuse del susto no hice más que comenzarme a reír, como pude me incorporé dando otro mal paso y regresar al charco de lodo de modo tal que quedé sentado y mi risa se convirtió en sonoras carcajadas, de pronto a lo lejos escuché a Elsa y Friedich con sórdidos gritos pues intentaban encontrarme, decidí quitarme los zapatos y calcetines para que me permitieran levantarme, me coloqué el saco al hombro y me fuí de lo más feliz en busca de mis acompañantes.

Elsa y Friedich me veían con una mezcla de sorpresa y enojo, intentaban convencerme que lo que acababa de hacer fue una gran tontería y que parecía un niño. Lo que más preocupaba a Elsa era mi ropa ya que como te dije al principio de esta carta, todas nuestras maletas ya habían sido enviada al barco y seguramente ya se encontraba en nuestros camarotes.

Subimos al automóvil recien reparado y nos dirigimos con prisa al puerto para alcanzar al barco, cuando subimos a bordo Elsa comenzó a explicar al capitán que ese hombre con el rostro cubierto de lodo, que a esas horas sería mejor llamarlo barro, no era otro que el mismísimo gran científico Albert Einstein.

Decidí que lo mejor que podríamos hacer es tomarnos una fotografía que te anexo en el presente correo, después de lavarme la cara presté un uniforme del servicio de meseros del restaurante abordo, rápidamente me vestí, pero como tu sabes estimado Eduard a mí no me gusta cargar muchas cosas en mis viajes y sólamente utilizo el par de zapatos que traigo puesto y los que traía estaban en un estado lamentable por lo que acondiciné unos zapatos de Elsa a los cuales le quité el tacón y tiré por la borda.

Aquí la foto que nos tomaron a bordo del barco. Te extraño y te quiero.

Atte.

Tu papá Albert

Fotografía Einstein y su esposa Elsa Fotografía de Einstein y su esposa Elsa a bordo del barco.

Emilio