La guerra contra el narcotráfico
“Debemos luchar contra el enemigo público número uno, debemos hacer la Guerra contra el narcotráfico” – Richard Nixon, 1971.
Una de las señales inequívocas de que uno ofrece ya un aspecto irremediablemente senior es que los puritanos comienzan a telefonearme para que confirme sus puntos de vista. La cosa debería quizá divertirme, pero la verdad es que me deprime. Si hay algo que no quisiera parecer nunca es “respetable”, en su acepción habitual que significa “prócer con arteriosclerosis, estreñido y sermoneador”. Prefiero de largo ser “viejo verde” o aún mejor, viejo verde a ratos, a ratos rojo e incluso ámbar, es decir un viejo-semáforo. Cuando suena el teléfono y una voz respetuosa me tantea:
“Usted, como profesor de ética…”
Me muerdo la lengua para no aclararle que a los profesores de ética rara vez resultamos ejemplo de ella (por lo general somos bígamos o pederastas y robamos cucharillas de plata las pocas veces en que los potentados nos invitan a sus casas a tomar el té), pero sobre todo nunca, absolutamente nunca, debemos ser guardianes de los prejuicios. Hace poco, una señora me contó con cierto reproche que su hija de quince años se había decorado el pelo con una mecha de color malva, para escándalo de la familia y las monjas del colegio; cuando llegaron las regañinas, la chica se defendió con no sé que cita de mi Ética para Amador. Quedé muy satisfecho de esa atenta lectora porque comprendió que el sentido de la ética es hacer más intenso nuestro proyecto de libertad, no mutilarlo.
Y sigue la consulta: “¿Qué opina del uso de las drogas entre los jóvenes; o de que se emborrachen los fines de semana en la vía pública?”. Una vez, durante una visita formal a un colega en la Universidad de Kioto, se me preguntó qué sentía yo al ver que ahora los adolescentes se besan y manosean sin recato ante sus mayores, a lo que contesté con absoluta sinceridad: envidia.
Respecto al tema del uso de sustancias nefandas no puedo ser igual de tajante, pero sería un desvergonzado si a estas alturas engrosara el batallón de los abstemios o, aún peor, de los misioneros de la abstinencia: porque a lo largo de los años he usado -y con frecuencia abusado- de casi todo lo que estimula, marea o alucina y hoy mismo sigo sin hacer ascos a líquidos y humos que los respetables suelen poner en entredicho.
De modo que a lo más que puedo llegar sin hipocresía es a recomendar tiento con la cantidad y precaución con la calidad de lo que se consume. Lo demás me parecen monsergas.
Los seres humanos no sólo somos conscientes, sino que también tenemos conciencia de ser conscientes: el ámbito de lo que experimentamos es el resultado de las necesidades pero además campo de juego. Sentimos curiosidad, con una mezcla de temor y placer, por cuanto puede alterarnos, es decir, en el sentido más amplio del término, por todo lo que nos produce embriaguez. Desde el vino peleón y las montañas rusas hasta los lieder de Schubert… Por lo demás, algunos animales superiores parecen compartir esta inclinación: los elefantes se cogen grandes trompas a base de frutas fermentadas y hay tiburones que buscan en cuevas marinas corrientes cuya turbulencia les resulta estupefaciente…
Buscar lo que altera la percepción con el fin de exaltar o amortiguar el ánimo consciente es una parte insoslayable de la evolución de la conciencia. Noticia inquietante para los capataces preocupados de nuestra productividad a ultranza y para los guardianes del orden público, pero qué le vamos a hacer. Durante la adolescencia y juventud la tendencia a jugar a embriagarse es especialmente apremiante; luego se sosiega en parte para regresar de nuevo en la vejez, aunque con un sesgo más compensatorio: lo que fue juguete se convierte en prótesis. Aquellos que prohíben ciertas embriagueces no hacen más que fomentar otras… y en ocasiones, como se ha visto, contribuyen a hacer más caro e irresistible lo prohibido.
Aunque todos amamos embriagarnos (sea de vino, de nubes o de poesía, como cantó Baudelaire) parece prudente e higiénico que cada determine cuál es el tipo de embriaguez que resulta más adecuado a su carácter y más compatible con el resto de los objetivos de su vida. Cuando se es joven, existe el peligro de caer en la trampa de la fanfarronería competitiva: a ver quién aguanta más, durante más tiempo y más veces. ¡A ver si te atreves! Los jóvenes (machos, sobre todo) aman la excitación de la vida más que así mismos. En esto por lo menos fui desde el principio relativamente cauteloso: siempre me he tenido por un instrumento de precisión que hay que manejar con cuidado y guardar convenientemente en su funda después de usarlo y no por uno de esos ejemplares de serie a los que se somete a todo tipo de bárbaras ordalías para probar la resistencia del producto, intercambiable por cualquier otro cuando sea descacharra.
Tengo la suerte de comenzar a disfrutar pronto, de modo que no necesito buscar el goce el acicate de estados preagónicos. Respeto a los mártires del hedonismo que se maltratan pero procuro salir de puntillas del parque temático en cuanto empieza a convertirse en cámara de torturas. No me guardo animadversión y repito gustoso hasta cuando nadie me escucha la plegaria de Groucho Marx: “Cuídame, porque soy lo único que tengo”.
Como la vida es más bien trágica, tenía razón Aristóteles insistiendo en la importancia central de la prudencia. Es verdad, muchos se han matado, se matan y se matarán por medio de drogas, prohibidas o no: pero otros muchos logran el mismo resultado con la religión, la política, el sexo, el alpinismo… o el trabajo, nada de lo cual está prohibido.
Las prohibiciones no salvan a nadie de sí mismo, sólo sirven para aumentar los riesgos y los precios. Que yo sepa, nadie ha presentado una querella contra su oficina o contra el papa por haberles destrozado la vida, como hacen algunos fumadores hipócritas (o sus aprovechadas familias) contra las tabaqueras que les han perjudicado… ¡sin su consentimiento!
De modo que es muy aconsejable que cada cual llegue a determinar las sustancias que le son más favorables, es decir, aquellas que le dan más y le exigen menos. El alcohol y el tabaco han sido las mías. Empecé fumando en pipa, la cual -por influencias de Bertrand Russell- me parecía de chaval casi una herramienta profesional del filósofo. Como objetos las pipas me encantan pero utilizarlas cotidianamente resulta engorroso para alguien nervioso y descuidado como yo. Mi paso por la cárcel (lugar poco adecuado para la pipa, salvo en el caso de condenas muy largas) me hizo pasarme a los cigarrillos, siempre fuertes y negros, empezando por los “Habanos” que se decían elaborados con el tabaco de la vega de Vuelta Abajo. El defecto de los pitillos es su carácter serial y repetitivo: con ellos sólo puede variar la dosis, nunca la modalidad. De modo que finalmente recalé en los cigarros puros, con cuyos tamaños y calidades puede jugarse casi indefinidamente según lo aconsejen las fases de la luna o del ánimo. Sin embargo, nunca he dejado de tener alguna pipa vacía a mano mientras escribo, para sobarla y ponérmela entre los dientes de vez en cuando.
Dentro de cada vicio también hay ocasión de desarrollar vicios más especializados: además de los cubanos, monarcas indiscutibles del humo aromático, mi capricho culpable son los puros toscanos, nudosos y acres como viejos lobos de mar. También le gustaban a Stendhal, lo cual es toda una recomendación, pero la gente suele huir cuando uno lo enciende en público. Hace muchos años, en los comienzos de la posdictadura, fui invitado a un programa literario de televisión dirigido por Fernandes Sánchez Drágo, con quien siempre he tenido buena química. Entonces los fumadores no estábamos perseguidos por las fuerzas de la ley y el orden, por lo que era frecuente ver a un entrevistado disfrutar de un pitillo ante las cámaras. Yo estaba recién llegado de Italia y en medio del sesudo coloquio -había otros tres o cuatro invitados- encendí uno de mis contorsionados toscanos, le di un par de chupadas y luego, como al desgaire, se lo pasé a Fernando. Sin perder el hilo de la charla ni mostrar la menor extrañeza, Fernando aspiró una buena bocanada y me devolvió la tagarnina. Seguimos el juego hasta el final del programa con perfecta naturalidad. Pero, tal como la playa, también la moral pública tiene sus vigilantes: fuese por lo raro del cigarro o por lo sugestivo de nuestra toma y daca, lo cierto es que el programa de marras jamás pudo ser emitido.
…
Hay drogas que podríamos llamar “de compañía”, a las que se les puede ir cogiendo el punto y con las que resulta no sólo factible sino provechoso convivir a cualquier edad. No digo que sean beneficiosas para los pulmones o para el hígado, pero los humanos estamos hechos de algo más que órganos: también cuenta el esfuerzo espiritual de que tenga por un momento sentido lo de antes o después revertirá en ceniza. Aliviar o hacer grato el tiempo y estimular la creatividad, en eso consiste la verdadera salud, aunque también se tosa de vez en cuando. Llevo muchos años de complicidad con el tabaco y el alcohol: supongo que me estarán matando, pero les agradezco su parsimonia en el asesinato y que mientras tanto me entretengan. También puedo decir lo mismo de la simpática marihuana, porque un porrito antes de irse a la cama con alguien grato sigue haciendo maravillas incluso a edades provectas como la mía. En cambio a otras les tengo más respeto. Una vez le preguntaro a Borges, ya muy viejo, por su actitud ante la muerte y respuso: “¡La muerte! ¡Qué cosa tan nueva! No sé si a mi edad debiera permitírmela…”. Yo hay cosas que ahora desde luego ya no me permito, aunque me alegro de haberlas frecuentado en su momento. En especial la más asombros ade las sustancias que he probado jamás (bueno, algo más que probado…): el ácido lisérgico, el legendario LSD de mis años mozos.
Advierte Spinoza que “sólo una triste y torva superstición” puede prohibir a los humanos disfrutar de perfumes, música, alimentos deliciosos y otros regalos terrenales. De igual modo podemos afirmar que es una triste y torva superstición la que se ha desatado la cruzada mundial conra ciertas drogas, sin otro efecto que promoverlas entre los jóvenes, facilitar su adulteración y hacer inmensamente rentable el negocio del tráfico ilícito. Cuando hace algo más de veinte años escribí por primera vez en El País un artículo contra la irracional persecución de las drogas, pidiendo su despenalización, hubo quien reaccionó como si yo hubiese solicitado la legalización del canibalismo. Por entonces las voces que sostenían esta tesis eran poquísimas pero ninguna desde luego en un periódico de tirada importante.
Poco a poco creo que la actitud despenalizadora se ha ido abriendo paso, aunque no institucionalmente: muchos opinadores la van apoyando con mayor o menor cautela en los medios de comunicación; en privado, ante mí mismo, la han defendido como la única sensata cancilleres de países hispanoamericanos, mandos de la policía, médicos y políticos europeos. Eso sí, añadiendo inmediatamente que hasta no convencer a los Estados Unidos -promotores de la santa cruzada prohibicionista- no hay nada que hacer. Lo cual es difícil porque hay muchísimos funcionarios en ese país (y también en la ONU) que perderían su empleo si se optara por la vía despenalizadora… tal como le pasó al intocable Eliot Ness cuando terminó la ley seca.
El argumento más utilizado contra la despenalización es el supuesto aumento del consumo de sustancias ahora prohibidas que desataría. Pero ese argumento parte del axioma de que usar las drogas es en cualquier caso algo malo que debe ser evitado. Yo no lo comparto. Las drogas tienen un uso positivo, que no hay por qué erradicar (ni proponer claro: los misioneros me fastidian tanto como los inquisidores): si aumentase su utilización legal responsable e informada entre los adultos libres, pagando los preceptivos impuestos al Estado, tal crecimiento del consumo no tendría a mi juicio nada de alarmante. Disminuiría su peligrosidad al aumentar el control de la calidad, se evitarían las adulteraciones y las sobredosos, desaparecerían el entramado delictivo que ha crecido en torno a ellas y que atrapa a los más débiles (como es el caso de los inmigrantes ilegales, por ejemplo). En cuanto a los jóvenes, no sé se drogarían más o menos que ahora (dudo mucho que autorizar lo prohibido aumentase su atractivo) pero ciertamente lo harían con más garantías y menos gastos. ¿Que esta decisión, que habría de ser lo más internacional posible, también tiene sus riesgos? No lo dudo, pero no olvidemos que actualmente hay países enteros en América con sus estructuras democráticas bloqueadas o maltrechas por culpa del narcotráfico. No imagino que la despenalización, controlada e informada, tuviese peores consecuencias.
Fernando Savater. Mira por dónde Autobiografía Razonada.
3 Comentarios para “La guerra contra el narcotráfico”
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Genial… yo luego de haber leído esto, me afilio a las dos premisas básicas: CANTIDAD y CALIDAD… “porque los humanos somos algo más que órganos”…
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LEGALIZACIÓN ya, coño. Sólo hay dos tipos de personas que aún defienden la prohibición: los traficantes y los que ganan dinero “persiguiendo” a esos traficantes (léase jueces, policías, abogados, empresarios…corruptos).