El grito en el cielo

Me dicen

que respete las leyes,

la Constitución del Estado,

los reglamentos,

las costumbres establecidas.

 

No puedo acatar nada,

soy una hoja,

nada tengo que hacer con esas flores,

por ese anchuroso lado

sobro de pie a cabeza.

 

Me cuentan al oído

historias edificantes

de oficiales pundonorosos

y funcionarios de carrera;

pero yo soy un pájaro perdido

no tengo medallas,

no estoy obligado a nada.

 

Me crié en la espesura,

vengo de la hojarasca

y, ay Dios, si yo pudiera,

al retornar a tierra

recobrar mis instintos:

comerme al hombre quiero,

al hombre con corbata,

con bisagra,

con plancha,

comerme al hombre quiero.

 

Me miro en lo que soy,

entre real, a veces, o hipotético;

me palpo con los ojos

y me descubro sobrevivido,

me pesa sobre los hombros

el traje de diablofuerte.

 

Con ojos inmisericordes

me contemplo:

me condeno a mí mismo

por mi carencia de afirmación y desafío,

por mi impasible cara de palo.

Difícilmente encuentro

razones que me justifiquen.

 

Apretando los dientes me pregunto

¿quién te da el pan, poeta,

si tú no lo sustraes

destripándote a tí mismo

—asesino evidente—,

rasguñando día y noche

empecinado y mañoso

sobre una costra dura?

 

Me vienen ganas incontenibles

de incendiar la oficina,

echar al diablo tanta papelería inútil,

números, oficios, fichas

horarios y estadísticas

sin pasión ni rocío.

 

Tanto fórmula estricta

y tanto timbre,

y para arriba y para abajo

tanto usía,

y por las orillas

ningún arranque de la sangre,

ningún beso salvaje,

ningún trino.

 

Entre tanto

la Secretaria al frente,

perfumada y alada:

boca, nariz, garganta,

pestañas como alamedas.

Qué hace tu sangre antártica, entonces,

bestia domesticada,

qué hace tu diente carnicero,

perro de presa.

 

Tránsito suspendido,

subió la leche,

no hay carne en ninguna parte,

escondieron el té;

debes pagar impuestos,

te queda un saldo en contra,

debes siete botellas,

viene la policía.

 

Irme saltando muros

como escapado de la cárcel,

correr con el corazón fuera del pecho

hasta los propios límites del mundo,

hundirme en la soledad,

perderme en el vacío.

 

Háblenme de la ley escrita,

del estatuto orgánico,

de la educación, señores;

El buen comportamiento

y las buenas maneras.

 

Qué tiene que ver con esas plumas

un buscador de miel como yo,

un picaflor, a penas,

que con el aire puro se emborracha.

 

Un día nací, es cierto,

pero nací llorando

y tan evidente disconformidad

afirma mi derecho

a contrariar los códigos impuestos,

a defender como una fiera

mis deleitosos defectos:

únicas conexiones

que tienen sabor a vida.

 

No me hagan marchar en fila,

 

déjenme sobre un cerro

 

para que el sol, la lluvia,

 

los pájaros, el viento,

 

el alba y las estrellas

 

me acaricien.

 

Juvencio Valle

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